De cómo no deberían dejar a cualquiera conducir un paraguas
Hace un par de años una prima le regaló a mi madre por su
cumpleaños un paraguas antiviento (en mi familia somos todos muy espléndidos…).
Se trata de un paraguas un poco más resistente: una mierda como regalo, un lujo
como arma contra la lluvia.
Hoy llovía. Aún así, tengo la necesidad vital de pasar
todo el día dando vueltas por la calle. Si estoy parada siento que engordo y
envejezco por momentos. Llámalo hiperactividad, llámalo imbecilidad. He decidido dar un paseo y mi padre
se ha ofrecido a acompañarme. Ingenua de mí, he aceptado. Mi madre, muy
solícita, nos ha ofrecido al “Antiviento” porque es más recio que el resto de
nuestros paraguas de los chinos. Así que nos lo hemos llevado. Bueno, me lo he
llevado: mi padre es un señor de maneras un tanto antiguas y llevar un carro de
la compra o un paraguas granate lo considera poco varonil (según conductas
extrañas que le he observado).
Caían pocas gotas así que lo llevaba cerrado, cual bastón. Toda
la calle lo llevaba cerrado. Pero el antisistema de mi padre ha dicho: “Parece
que llueve un poco, vamos a abrirlo” (“vamos” en sentido de equipo, porque ya
os digo que él no se dignaba a tratar con Antiviento). Me ha extrañado tal
fobia a mojarse ya que antes le daba igual, pero desde que se apuntó al
gimnasio se ha vuelto de gustos muy refinados. Igual temía que se le mojara
la melena élfica que no tiene. Lo he abierto. Así hemos recorrido unas cuantas
calles. Lo malo es que en mi inmenso optimismo lo llevaba bastante alto (mi padre
y yo somos de altura pigmeo, no era necesario) y en seguida se me ha cansado el
brazo.
Cuando ya toda la calle llevaba los paraguas abiertos,
exclama mi acompañante: “¡Parece que ya no llueve!”. Claro que llovía, pero igual
se sentía culpable porque él parecía la señorita Escarlata y yo la chacha sosteniéndole
el parasol. Pero soy muy bien mandada y lo he cerrado. “Ah, pues sí parece que
llueve”, rectifica él. Entonces ha cogido el paraguas y lo ha abierto. Ahí ha
empezado el infierno.
Íbamos por la plaza del Pilar, llovía poco pero hacia
bastante viento. No obstante nadie actuaba raro por ello, nadie salvo mi padre.
De repente veo que se aferra al mango del paraguas con ambas manos como si él,
que se jacta de ser cinturón negro y el rey del gimnasio, no pudiese controlar
semejante aparato. “Nos lo va a doblar el viento”, exclamaba con tono
profético. “Que no, que es antiviento”, respondo yo. Ha dado igual, ha seguido
en sus trece.
Lo peor ha llegado al cruzar el Ebro (por el Puente de Santiago, no lo hemos hecho a nado). Hacía un poco más de
viento (nada apocalíptico tampoco, ya os digo que el resto de la gente actuaba
normal). Y veo al buen hombre sujetando el paraguas con ambas manos, no sobre
nuestras cabezas sino hacia delante cual escudo y con cara de estar enfrentándose
a Atila. “¡¿Hacía dónde llueve?!”, me pregunta en el tono apremiante que
utiliza alguien que se arriesga a cortar el cable rojo de una bomba. “¡Y yo que sé!”,
contesto indignada porque debe pensar que en una vida pasada me he dedicado
a vigilar la cosecha en el campo. Mi respuesta casi me ha costado un ojo pues
en un giro inesperado, una varilla me ha atacado.
La imagen de mi padre dando
vueltas sobre su eje con el paraguas sujetándole a él ha sido dantesca. Ante
tal impotencia –y este es el momento cumbre- exclama mi padre con tono
resolutivo: “Se acabó”. Y cierra el paraguas. Le he mirado como si estuviera
loco: llovía, hacía viento, todo el mundo iba protegido pero él acababa de
decidir que nosotros no. “El viento va a romper el paraguas y antes nos
mojamos que rompérselo a tu madre”, sentencia él en un acto no de amor sino de
miedo a mi querida madre. Así que ha tomado la decisión por ambos. Y añade “Si
se me cae el paraguas al río, me tiro a por él”; mi padre no maneja la ironía
así que me temo que aquello era verdad. Así que ante la mirada estupefacta de los transeuntes, ahí estábamos, paseando el paraguas cerrado como si fuese un
miembro más de la familia en descanso dominical.
Esto ha sido en el Puente de Santiago. Pasado el viento (y con
él el momento en el que más falta hacia el paraguas), ha decidido volver a
abrirlo. Ojalá no hubiese sido así. Ha sido entonces cuando he comprobado las
dotes de mi padre como conductor de paragunas. No sé por qué, pero ha decidido
que la posición adecuada era inclinarlo hacia delante, pero mucho (mucho,
mucho). Así el cogote se nos mojaba estupendamente y además no veíamos un
pimiento de lo que había delante.
Como somos maños y cabezotas, no hemos dado marcha atrás
sino que hemos seguido la ruta establecida. Todo el rato llevando el paraguas dos
metros por delante. El campo de visión me justeaba incluso para esquivar a los
perros; por supuesto de la gente no veía más que la punta del zapato. Por
suerte, mi padre y yo siempre llevamos paso de legionario (de vez en cuando mi
perro hace el papel de la cabra) y aunque el camino era largo, lo hemos hecho
rápido.
El problema era que no había horizonte: solo se veía paraguas.
He entendido la moda esta de llevarlos transparentes: no es una cuestión
estética sino que ayuda a los conductores noveles como mi señor padre. Todo
esto por supuesto mientras él seguía batallando con el viento, muchas veces
dejándome fuera del paraguas o segándome la cabeza como consecuencia de sus
agitados movimientos. En varios momentos me he visto expulsada del paraguas y
desde fuera la imagen aun era más triste.
Y así hasta que hemos dado la vuelta para regresar. Era un
camino que hemos hecho mil veces y de repente exclama mi acompañante: “¡Hostia!
¿Dónde estamos?”. Como no veíamos un pimiento, nos hemos equivocado de calle.
Ha empezado a mirar como una ardilla ansiada hacia qué lado había que ir. Ya no
he aguantado más y me he reído hasta ahogarme de lo patético que era todo. A mi
padre le ha extrañado mi reacción porque “un error lo tiene cualquiera”. Ojo,
que el error era habernos metido por otra calle: quiero dejar claro que en
ningún momento ha reconocido que llevando un paraguas es más malo que el pato
Donald vocalizando. Me he ofrecido a llevarlo yo, pero él antes muerto que reconocer
su falta de destreza.
He de aclarar que hemos hecho todo el camino sin mediar
palabra: yo por el enfado y la mezcla de sentimientos y él porque necesitaba
toda su atención para sujetar al desalmado chisme.
Cuando hemos vuelto a la ruta correcta, ha surgido de la nada el Puente de Piedra. Se ha repetido la misma batalla huracanada de la ida: mi
padre vs. Antiviento. Hasta tal punto ha sido patético que una anciana –de no
menos de 80 años- y su paraguas han arrollado a mi progenitor. Yo intentaba
aguantarme la risa porque mi padre no tienen ningún sentido del humor, pero
todo tiene un límite. He llorado de risa durante quince minutos. Mi padre
seguía sin entender mi punto de vista pero eso daba igual porque tenía una guerra
más importante; guerra que, una vez más, ha vuelto a perder y ha cerrado el
paraguas. Un caballero de color –de color negro- que ha pasado a nuestro lado
cubierto con un paraguas rosa de flores nos ha mirado por el ridículo de la estampa. Ahí ya hemos terminado porque le he arrebatado el Antiviento y así
hemos llegado a casa.
Y con todo esto quiero llegar a una reflexión: me preocupa
vivir en una sociedad en la que damos más importancia a con quién compartimos
cama que a con quién compartimos paraguas.
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