Mi nueva vocación: la jardinería
Estos días estoy en la playa con mi madre y no encuentro
muchas actividades a desarrollar (el mar me da asco, la piscina más y el ser humano, en un grado extremo). Hoy por la mañana me he levantado creativa y he decidido emplear mi tiempo y mi cuantioso talento en algo un poco más gratificante que estar todo el día en el sofá.
Primero he observado por la ventana como unos turistas alemanes portadores de lorzas chapoteaban en la piscina. Después he probado a encender una vela de lavanda -no retengáis este dato, es inútil- con un mechero que no funcionaba; mi madre no me ha dejado arrojarlo a la basura por la belleza que le atribuye al mismo. Por último, y esta ha sido la tarea que he desempeñado con mayor entusiasmo, he decidido arrancar los hierbajos de la terraza porque su altura era tal que temía que apareciese Jumanji.
Nuestro apartamento es muy pequeño y todo este frenesí matutino ha desesperado a mi madre, quien ha exclamado: "Te prefiero cuando estás deprimida y no hiperactiva". A partir de ese momento, he seguido por el solo placer de molestarla. Como hacía sol, he sacado el toldo (el sol me da más asco que el mar, la piscina y el ser humano tó junto) para mantener mi vampírico bronceado. Sin embargo, eso ha reducido notablmente la luz que mi madre necesitaba para leer el periódico. Así que ha tomado en secreto una decisión: debía deshacerse sutilmente de mí y hacerme creer que era idea mía. Ha abierto la caja de Pandora: "¿Y si te doy dinero, vas a comprar plantas y repueblas la jardinera?".
La jardinera. He de aclarar que mi padre (si sois fieles a este blog -y no espero menos de ti, amado lector- lo recordaréis del aclamado episodio "el hombre que no sabía manejar un paraguas") siempre que viene cuida mucho las flores de la jardinera; esto se debe seguramente a que le hacen bastante más caso el resto de la familia. Pero todo el tiempo que no estamos, el conserje, que es más inútil y molesto que el pepinillo del Big Mac, no enciende el riego automático y todas las plantitas la espichan (este último verbo es un cultismo muy grande). El pobre hombre -hablo de mi padre- se quedó tan frustrado la última vez al contemplar el desolado paraje sembrado de cadáveres vegetales que decidió no arreglarlo. De ahí la proposición de mi madre de que me encargara yo de tan noble tarea.
Lo he meditado un rato porque me causaba inquietud aceptar su propuesta y librarla así de mi presencia. Pero como me encanta que financien mis vicios, he aceptado. Entonces ha apuntado:
Madre- Mira qué bien, a ver si tu vocación va a ser la horticultura.
Yo- Para eso tendría que plantar lechugas y zanahorias...
Madre- Ya, pero así sonaba más simpático.
Esa es mi madre, señores.
He decidido aprovechar el viaje para pasear a Fuzzy, mi amado hijo-perro, que tiene un problema: riega con su orina divina todo aquello que no sea la superficie de papel de Heraldo que debería mear. Lo bueno es que aquí en la playa lo he acostumbrado a una rutina: abro la puerta (mucho mejor que atravesarla), bajamos las escaleras, mea el matorral de la vecina del bajo y vuelve a subir. Así evito que mee en casa. He partido, por tanto, con el dinero y el perro (que iba sin correa porque de vez en cuando me gusta que experimente la sensación de libertad). Nada más bajar y en vista del calor reinante, el can ha meado el matojo, se ha dado la vuelta y ha subido a casa. Yo, frustrada por su negativa a acompañarme, he subido a dejar la correa. Ya que estaba, he tenido la siguiente conversación con mi progenitora:
Yo- Vuelvo a irme.
Ella- Muy bien, compra flores bonitas.
Yo- He de buscar el equilibrio entre belleza y resistencia, que si no palman todas.
Ella- Pero no compres cactus que te conozco y son muy parecidos a ti.
Yo- Vale. Pero, oye, esta tierra está yerma (yo puedo estar de vacaciones pero mi léxico, jamás). Ahí no creo que crezca ni un tubérculo...
Ella- Pues compra un saquete de tierra.
| Sobran las palabras, habla la elegancia. |
Con ese encargo extra, he vuelto a partir. Mi viaje ha sido largo y no exento de riesgos. Lo primero que quiero describiros en mi look para que os hagáis una imagen mental: me he hecho un moño más despeinado que la colita de mi perro (ya os he comentado que la usa mucho); la camiseta la gané por comer muchos doowaps (ahora Weikis) en mi tierna infancia y es para niños de doce años; de pantalón un short a rayas blancas y negras como de tela de toalla; y de calzado -y es aquí cuando vamos para bingo- unas chancletas (porque eso no llega a chanclas) naranjas de propaganda de los medicamentos Rathiopan. Muy muy muy digno todo. Por suerte, aquí no me encuentro con nadie, porque yo así en Zaragoza no salgo a la calle ni aunque me regalen un perro que no tenga necesidades fisiológicas (sí, ese es un tema que me obsesiona)...
El trayecto hasta la tienda de plantas era de quince minutos, esto tiene dimensiones similares a las de la cabellera de Homer J. Simpson. Han sido veinte minutos, me he perdido. Llego a la tienda de plantas. La tienda había muerto, las plantas habían huido. Al rato de dar vueltas sobre mi eje, he descubierto que en la tienda de cerámicas de al lado, vendían algunas plantitas y he visto el cielo abierto.
Sé que este dato os va a sorprender, pero no entiendo un pimiento de plantas y tampoco creía que fuese necesario. Entre las pocas que había en el exterior de la tienda, he elegido las cuatro que tenían colores más majos, que parecían menos muertas (vivas ya sería mucho decir), y un saco de tres litros de tierra (porque lo cuantifican en litros, como si mi intención fuese echarme un trago). Acababan de regar, no me cabían en las manos, me he pringado y se me escurría todo. Tras mucho esfuerzo y haciendo dos viajes, he conseguido entrar a la caja y soltar todas las plantitas.
Me dice la dependienta: "Muy bien, ya sabes que son todas de sombra, no les puede dar el sol". En el sitio donde yo las iba a plantar da el sol como para incinerar un cuerpo con obesidad mórbida, así que obviamente he respondido: "Ya, ya, justo lo que buscaba". Mentira absoluta. Pero soy muy orgullosa, no me gusta reconocer que me he equivocado. Mientras la señora hacía las cuentas, yo meditaba: "La van a palmar en dos días... Menuda sorpresa le voy a dar a mi padre si reemplazo los cadáveres vegetales existentes por unos nuevos... Ya, pero no voy a reconocer que soy tan pardilla que las he cogido todas mal". Así que en el dorado punto medio, le digo: "Indíqueme una de exterior que voy a cambiarla por una de estas, para tener un poco de variedad".
Hemos salido y me ha enseñado una de las poquísimas de las que necesitan mucho sol. Hemos entrado y se ha puesto a recalcular la cuenta. He seguido pensando (soy lenta, está claro): "Estupendo. Ahora voy a pagar por una planta que vivirá y por tres futuros cadáveres". Así que he utilizado uno de mis recursos favoritos para camuflar mi infinita estupidez: "¡Es que me han mandado a comprar plantas para que les dé el sol y yo no tengo ni idea de cómo funciona esto!". Y me dice que ahora lo comprende todo: "¡Claro! Diles que no vuelvan a... Bueno después de esto sí, que vas a saber". Así que hemos vuelto a salir por tercera vez y hemos cambiado las tres plantas por las únicas plantas solares que había. También he comprado una especie de hierbajito adorable de un euro al que la dueña llamaba con poco realismo "arbolito". He pagado, me han arreado cuatro bolsas que me han seccionado venas y arterias con su paso y he partido a mi domicilio.
Me dice la dependienta: "Muy bien, ya sabes que son todas de sombra, no les puede dar el sol". En el sitio donde yo las iba a plantar da el sol como para incinerar un cuerpo con obesidad mórbida, así que obviamente he respondido: "Ya, ya, justo lo que buscaba". Mentira absoluta. Pero soy muy orgullosa, no me gusta reconocer que me he equivocado. Mientras la señora hacía las cuentas, yo meditaba: "La van a palmar en dos días... Menuda sorpresa le voy a dar a mi padre si reemplazo los cadáveres vegetales existentes por unos nuevos... Ya, pero no voy a reconocer que soy tan pardilla que las he cogido todas mal". Así que en el dorado punto medio, le digo: "Indíqueme una de exterior que voy a cambiarla por una de estas, para tener un poco de variedad".
| A esta la llamo "Rosita", en honor a la butaca de Joey en Friends, que tenía ese nombre. |
| "Arbolito". He decido convertirlo en mi planta emblema: siempre que arregle algún jardín, plantaré uno como firma. |
Me he pasado toda la mañana arrancando hierbajos. Han aparecido hasta patatas. Sabia decisión, por cierto, la de comprar tierra: sería más fácil que germinara un cadáver en el cementerio que una planta en semejante secarral (no hace falta que comentéis nada del ingenio y el buen gusto que derrochan mis metáforas). He pasado una mañana entretenida, sí, pero me he cansado lo que no está escrito. Mi madre ha quedado muy satisfecha con el resultado (o eso me ha dicho tras la alegría de tenerme entretenida toda la mañana).
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